viernes, 31 de enero de 2014

Violencia y Televisión

Opinión - 30 enero, 2014 | 12:00 AM


Violencia y televisión


Los medios audiovisuales no son inofensivos. La televisión es uno de ellos. “El Mago de la Cara de Vidrio”, como la llamó acertadamente el escritor venezolano Eduardo Liendo, ocupa un lugar preponderante dentro del hogar. Es necesario tener claro que el peligro que representa la TV no está en la naturaleza del medio en sí mismo, sino fundamentalmente en el uso que se pueda hacer de ella. Los contenidos y mensajes que se emiten a través del aparato terminan por modelar las conductas de los televidentes. Los niños y los jóvenes son los grupos humanos más vulnerables desde el punto de vista psicológico. Incluso, en los complejos rediles de la televisión también caen algunos adultos desprevenidos. De hecho, a pesar de la aparente formación intelectual de la que hacen gala, algunos profesionales y técnicos, así como gente de negocios o que ejercen profesiones de otro tipo, terminan siendo seducidos por la tentadora insinuación de la caja mágica. La vida cotidiana tiene suficientes ejemplos del impacto de la TV en la conducta humana.
Es evidente que la publicidad audiovisual logra influir en los patrones de consumo de la gente. Igualmente, los mensajes violentos, pornográficos y socialmente inviables terminan por multiplicar las distorsiones en la personalidad de los individuos vulnerables. La programación de la televisión nacional e internacional suele estar impregnada de altas cuotas de violencia o frivolidad. La reproducción de esos modelos sociales contribuye en parte a incrementar la cultura de la violencia y el irrespeto a los valores de la vida. A veces la programación televisiva pierde la esencia como medio generador de contenidos para la distracción o formación de las generaciones. Entonces pasa a ser una empresa movida esencialmente por el ansia mercantilista. La ganancia se convierte en el leiv motiv de su existencia. Es ahí cuando el medio pierde el rumbo y el uso inadecuado de los contenidos se convierte en una bomba de tiempo. La difusión reiterada de mensajes con altos contenidos de violencia termina generando más violencia.
La inseguridad y la violencia se encuentran entre los problemas más graves que confronta actualmente la sociedad venezolana. La televisión no es un actor inocente en la creación de ese clima de conflictividad. No toda la culpa es atribuible al impacto negativo de la programación televisiva. Pero el medio tiene mucho que hacer a la hora de ejecutar propuestas para redireccionar el sentido de los mensajes emitidos a través de la pantalla de vidrio. Las regulaciones oficiales no son suficientes. Tampoco resuelve el problema del todo la aplicación de filtros tecnológicos para controlar los contenidos que pueden ser vistos por los menores de edad. Es necesario ir más allá. Es necesario que surja una toma de conciencia tanto en quienes originan los mensajes televisivos como en quienes lo reciben. Una televisión más educativa sería un paso importante en la dirección correcta. Un espectador más exigente sería el corolario. ¿Pero cómo se rompe el círculo vicioso entre la programación mediocre y el espectador conformista? josegarmo@yahoo.com


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